–Es hojaldre relleno de crema de calabaza– explica la dependiente.
–¿Y estos?– pregunta Yi.
–Son pastelitos salados, ligeramente amargos. Es normal comerlo juntos a un licor dulce.
La dependienta explica pacientemente una a una las peticiones de Song y Yi. De hecho, parece entusiasmada. Debe de pensar que son dos niñas ricas que están de paso por la ciudad. Y que puede hacer un gran negocio con ellas. Lo último es lo único que es posible.
No puedo ver tras sus velos, aunque estoy seguro de que se les hace la boca agua. Me pregunto que comprarán al final. Supongo que tienen el encargo de comprar para todas.
–Ponnos dos de cada. Escribe los nombres. Así podremos encargar cantidades más grandes de los que prefiramos– decide finalmente Song.
Ha estado hablando en voz baja con Yi. La verdad es que me ha sorprendido su decisión. Aunque también me parece razonable. Podremos probarlos y elegir los que más nos gusten. Y luego encargar en gran número. No es un problema. Podemos guardarlos. Bueno, suponiendo que me dejen probarlos. Espero que no sean tan crueles con su castigo.
La dependienta se pone manos a la tarea inmediatamente. El pedido no es enorme, pero no está mal. Los coge y envuelve con cuidado. Añade siempre una tarjeta con un nombre.
Mientras, las dos cuchichean. No conmigo. Se supone que soy el guardaespaldas. Así que no es extraño que esté mirando por la ventana. Y no me gusta lo que estoy viendo. Dai Fen y uno de sus amigos se ha acercado a la mesa de Rui y Ning. Algo les dice.
Mmm. Parece enfadado. Ha dado un golpe en la mesa. Rui se levanta. Saca la daga. La clava junto a la mano. Claramente podría habérsela clavado. Aunque entonces hubiera sido problemático. Ha sido un aviso. Él da un paso atrás.
Los guardaespaldas han dado un paso adelante. Pero se han detenido. Están en un lugar público. Dai Fen parece asustado. Algo les grita. Sin acercarse. Rui se sienta y lo ignora. Ning mira a Rui. Sin saber qué hacer, continúa bebiendo lo que sea que ha comprado.
El que se había quedado sentado se acerca a Dai Fen. Algo le dice. Se van los tres. Al menos no ha pasado nada grave.
Miro hacia Song y Yi. La dependienta ha acabado. Les da a las dos una tarjeta. Tienen unos culos preciosos.
–Cuando hagáis más pedidos, podéis preguntar por mí. Os haré descuento– ofrece.
Más bien, creo que es para tener la venta. Debe cobrar algún tipo de comisión. Como esclavos, a veces nos aprovechábamos de ello. Los dependientes ganaban su comisión, y nosotros teníamos una comida o bebida. Un pequeño premio. Quizás pueda parecer poco. Para nosotros, era algo excepcional. Y a la secta le da igual.
–¿Pasa algo?– pregunta Song cuando salimos.
–Ese idiota se ha acercado a Rui y Ning. Algo le han dicho. Se ha puesto un poco violento. Rui ha acabado clavando una daga en la mesa, junto a la mano– les explico.
–Envíanoslas. Les preguntaremos– propone.
–Debería habérsela clavado en la mano– se queja Yi.
Song y yo nos reímos. Yo cargando toda la compra. Para algo soy el guardaespaldas. O eso han dicho entre risas. Nos alejamos del lugar. Veo de reojo que Ning y Rui se levantan y nos siguen. Encontramos un lugar adecuado para llevarlas de vuelta. Para cambiarme ligeramente de ropa. Para que Ning y Rui vuelvan.
–Ese idiota. ¿Sabes que ha dicho…?– empieza Ning.
–Luego– la interrumpe Rui.
–Vale, vale…
Suspiro. Las envió con las chicas. Las interrogan. Luego las dejan ir. Ning y Rui se veían nerviosas. Ning aún tiene miedo a Song. Y puede que Rui también.
Sigo caminando hasta que encuentro una herboristería. Acabo dejando a Wan dentro. Me he hecho pasar por su hermano. Shi y Liang se supone que son nuestras primas. Están en una tienda cercana. Mirando varias telas. Me quedo fuera, observándolas. No sé qué quieren hacer con esas telas.
Para entretenerme, me quedo mirando a Bronceada practicando desnuda. Es bastante sexy. Lástima que no pueda llamarla ahora para algo más.
Veo por la ventana que Shi está discutiendo con otra clienta. Voy hacia allí a ver qué pasa. Liang me dice que no con la cabeza. Me quedo donde estoy
Al cabo de un rato, sale esa clienta. Parece enfada.
–¡Maldita presuntuosa! ¡No sabe con quién se mete! ¡Si la vuelvo a ver, le daré una lección!– la oigo decir.
Su sirvienta suspira en silencio. Ya me explicarán lo que ha pasado más tarde. Aún tardan un rato más en salir.
Me dan las compras y se meten en la herboristería. Unos minutos más tarde, sacan a Wan casi a rastras.
–Aún quedaban muchas hierbas por mirar. Y podía haber regateado un poco más… Solo necesitaba un poco más de oro para comprar más cantidad– se queja Wan.
A pesar de ello, lleva dos pesados paquetes. Parece que se ha gastado toda su asignación. No era poco.
–Tienes para un montón de días. Ya compraremos más cuando te falte– la calma Liang.
–¿¡De verdad!? ¡Gracias! ¿Nos vamos ya? Tengo mucho que hacer– nos apremia.
Nos miramos. No podemos evitar reírnos.
–¿Eh? ¿Qué pasa?– pregunta Wan extrañada.
–Nada, nada. Vamos…– dice Shi, aguantándose la risa.
–Dai Fen…– murmuro.
Parece que tengo que encontrármelo hoy por todos lados. Shi me ha explicado que han intentado ligar con Rui y Ning. Rui no se ha cortado. Le ha dicho que se perdiera. Que le molestaba a la vista. Tengo que felicitarla. Me hubiera gustado ver su cara.
Él se ha enfadado. Ha gritado su nombre y el de su familia. Golpeado la mesa. Presumiendo. Tratando de intimidarlas. Ha sido cuando Rui ha sacado la daga. Según Ning, casi se caga encima.
Se acerca a nosotros. A mí y a Wan nos mira de reojo. Algo despectivo. A Liang y Shi las mira de arriba abajo. Parece que son su tipo, como Rui. Y eso que su rostro está oculto. Y sus ropas no son muy ajustadas. O le da igual. Como sea, me está irritando.
–Hola, preciosas. Soy Dai Fen. De la rica familia de mercaderes Dai. ¿Queréis venir a tomar algo con nosotros? Nos lo pasaremos bien– propone directamente.
Me ignora. Podría ser el novio de alguna. De hecho, soy algo así. Parece que se cree por encima de todos. De hecho, se está acercando demasiado a Shi. Que lo mira fijamente. No parece asustada.
–¿Te has quedado sin habla? Vamos, no seas tímida– intenta coger a Shi de la muñeca.
Liang ha dado un paso atrás. Su cultivación es relativamente baja. Así que el otro que se acercaba tiene que esperar.
Estoy a punto de dar un paso hacia él. Pero Shi se adelanta. En lugar de dejarse coger la muñeca, le coge ella la de él. Se la dobla. Le pega un rodillazo en el estómago. Lo lanza hacia atrás. Cae pesadamente. Recibe una patada.
–¿Quién te crees que eres? ¿Un idiota niño rico pervertido? ¿Creer que puedes tocarme? ¿Aprovecharte de quien te dé la gana cuando quieras? ¡Maldito pervertido!– le grita.
Con ello, atrae la atención de toda la gente de alrededor. Los guardaespaldas se acercan a él para ayudarlo. Cuando se levanta, los empuja furioso. Rojo. Mira hacia Shi furioso.
–Joven señor, hay mucha gente mirando– le dice uno de los guardaespaldas –. Es mejor irnos.
–Fen'er, vámonos. Hoy son todas unas estrechas que no saben qué se pierden– le dice su acompañante. No sé quién es.
–¡Esto no acabará así!– amenaza.
A pesar de eso, se acaba dando media vuelta. Aunque se gira varias veces, amenazante. No le ha sentado bien la humillación. Algo les dice a sus guardaespaldas. Uno de ellos hace unas indicaciones a alguien.
–Ha sido refrescante. Mejor vámonos– sugiere Shi.
–¡Deberías haberle dado en los huevos!– exclama Wan, excitada.
–Se lo hubiera merecido. Pero si nos pasamos, igual actuarían a pesar de los testigos– explica Liang.
–Ah… Ya veo… ¿Nos vamos ya? Tengo que tratar las hierbas y…– sigue nuestra alquimista.
–Ja, ja. Vamos– ríe Shi.
Yo las sigo. Cargado con multitud de paquetes.
Esta vez, llegamos a una calle solitaria. Junto a una puerta. Tras unas cajas. Allí las devuelvo. A todas menos a Shi. Nos quedamos besándonos un rato. Metiéndonos mano.
–Aaaah… Ya viene. Podría haber tardado un poco más– se queja Shi.
Como no salíamos, se ha acercado. Es al que le ha hecho signos el guardaespaldas. Nos ha seguido hasta aquí. Nos sobrepasa y se queda mirando la puerta. Supongo que cree que nos hemos metido allí. No nos ha visto. Estábamos escondidos entre las cajas.
Shi lo golpea con el mango de la espada. Quería hacerlo ella. El sirviente cae inconsciente.
–¿Está vivo?– pregunto.
–¡Claro! ¿Quién te crees que soy? ¿Song?– se ríe.
–Me chivaré– amenazo.
Ella me saca la lengua.
Lo atamos. Lo dejamos entre las cajas. Con una nota amenazante a Dai Fen. Vale la pena asustarlo un poco.
Luego salimos y buscamos otro sitio. Para devolverla y cambiarme de ropa. Para que no reconozcan ese disfraz. Han dicho algo de que me harían más.
Solo quedan Yu, Shun y Lang. Las acompaño comprando ingredientes. Ahora soy un sirviente. Parecen animadas. También compran un par de utensilios de cocina. Bastantes especias. Delantales para todas. Y no sé cuantas cosas más.
En el mercado junto a la secta no hay estas cosas. Los estudiantes no suelen cocinar. Y la secta tiene trato directo con los mercaderes.
Cuando están satisfechas, nos vamos. Me besan una a una antes de volver. Me dan las gracias. Soy yo quien tiene que darles las gracias a ellas. Son encantadoras. Supongo que ya es hora de ir a ver a Guo Xua.
—————
–¿Estás bien?– le pregunta un cliente. A mí me atiende la misma dependienta de siempre.
Me compra la leche. Ha aumentado la cantidad. Y hay de la etapa dos. Así que gano más. Compro carne, bastante más que el otro día. También me quedo algo de oro. Hoy hemos gastado demasiado. En especial Wan.
–Solo un poco indispuesta. Nada grave– oigo decir a Guo Xua.
Me ha mirado y ha asentido levemente. Sus ojos están un poco rojos. ¿Ha estado llorando?
Acabo mis negocios y espero a que cierren. No tardan mucho. Veo como la dependienta se aleja. Salgo de mi escondite y llamo a la puerta lateral.
Abre y entro. Me encuentro a Guo Xua quieta. Mirándome. Está empezando a llorar. Cierro la puerta con el pie. Se abalanza sobre mí. Llora.
–Mi… Mi hija me ha escrito… Dice que está bien… Que es feliz… Estaba tan preocupada… Me alegro por ella… Estará mejor que obligada a casarse como yo…– se desahoga en mis brazos.
Me limito a abrazarla. A dejarla llorar. A acariciar ligeramente su cabello morado. No sé muy bien qué más hacer. Aunque no puedo decir que me haya cogido del todo por sorpresa. Al fin y al cabo, es la carta que ha escrito Hai. La que le ha dado al sirviente de antes.
Tarda en calmarse. En mirarme con ojos llorosos.
–Lo… siento. Tú no has venido para esto… Es solo que… Espera… Debo estar horrible– intenta alejarse.
No la dejo. La atraigo hacia mí. Le hago hundir su rostro en mi pecho.
–He venido por ti. Por mi preciosa Xua'er. Llora todo lo que tengas que llorar– le aseguro.
Ella levanta un momento la cabeza. Incrédula. Le sonrío. Las lágrimas vuelve a aparecer. Vuelve a esconder su rostro en mi pecho. Está un rato más llorando. Y roja.
—————
–¿Me lo harías… despacio?– me pide cuando se tranquiliza.
En lugar de responderle, la cojo en brazos. La subo por las escaleras hasta la cama. La dejo bocarriba sobre esta. La desnudo poco a poco. Acariciándola y besándola por todo el cuerpo. Recreándome en su lugar más secreto. Ella se deja hacer. Expectante.
Meto la cabeza entre sus piernas abiertas. Lamo su clítoris con un poco de qi. Con suavidad. Hasta que se corre. Entonces, me pongo sobre ella. Mirándola. Acariciando su cabello. Su mejilla. Espero a que se recupere. Asiente con la cabeza.
La beso larga y húmedamente. Cojo un pecho con una mano. La otra en su cabeza. En su pelo. Las suyas me acarician por el frente.
La penetro despacio. Poco a poco. Salgo y entro un poco más. Hasta acabar llegando al fondo. No dejo de entrar y salir de ella. Ni de besarla. De acariciarla. De mimarla.
Puedo sentir que su lealtad hacia mí ha aumentado de golpe cuando la he dejado llorar. De una forma muy íntima. Puede que se haya enamorado de mí. O al menos aprecia que le haga caso. Que la trate como a una persona. No como a un objeto. Sé lo que es eso.
La verdad es que me gusta. Su cuerpo no es tan suave. Ni tan firme. Pero no por ello deja de ser sensual. De una forma diferente. Madura. Así que, mientras la follo, le hago tragar una píldora de las inocuas. Una excusa para ayudarla. Para que no sea tan raro cuando sus meridianos mejoren. Y se acerque al siguiente nivel.
No me pregunta qué es. Confía en mí.
Me quedo con ella durante un buen rato tras llenarla. Acariciándola suavemente. Está agotada. Del sexo. De llorar. De las emociones del día.
–¿Volverás?– casi me suplica.
–Claro. Como podría no volver por mi preciosa tendera– le aseguro.
Ella sonríe. Nos besamos suavemente. Apoya la cabeza en mí. Se acaba durmiendo plácidamente.
Ha pasado casi una semana desde que fuimos de compras a la ciudad. La vida seguiría igual de tranquila si no fuera por unos inquietantes rumores. Debido a ello, justo hemos acabado mi tercer interrogatorio de hoy. Estábamos practicando. Por si no puedo mentir. Como cuando era esclavo.
Varios grupos de Alma fueron de exploración a la misma zona que fui hace meses. Se supone que se adentrarían en zonas de su nivel. El problema está en que alguien descubrió una cueva con una puerta. Y están investigando a todos los de la anterior expedición.
Nos tememos que es el lugar que Rayitas descubrió. Donde estaba el esqueleto. La punta de lanza de Song. El trozo mapa. Y algunas cosas más. Creemos que el mapa es lo más valioso. Por lo que pasó en aquel puesto con el mapa falso.
A mí me han citado para informar ahora. Una forma de decir que quieren interrogarme. Cuando llego, hay una pequeña cola. Sé que soy el último de los convocados. Esperaba que se hubieran olvidado de mí. En aquel entonces, era solo un esclavo. Al final, no ha habido suerte
Tai Feng me ha hablado del interrogatorio. Estaba un poco indignado. Parece que le repitieron varias veces la misma pregunta dicha de diferentes formas. Estaban interesados por saber si había visto una cueva con una puerta. Al final, se enojó porque no le creyeran.
Seguramente, todo su grupo ha dicho más o menos lo mismo. Así que tampoco creo que duden de él. No puede decirse lo mismo de mí. Aunque no pueden saber que estuvimos allí. Espero.
–Tú eres el esclavo. Bueno, ex-esclavo. ¿Por qué te han llamado? Entonces no eras aún estudiante– me pregunta un estudiante peliverde.
Es el único que se ha dignado a dirigirme la palabra. El resto me miraban con hostilidad, desdén, y algunos con curiosidad. No noto en la mirada y tono de voz de este más que curiosidad.
–Ni idea. Eso quisiera saber yo– me encojo de hombros.
–Ya veo… Esto… Soy Xu Siyu. Puedes llamarme Siyu. O hermano Xu, como prefieras. Sabes, te admiro bastante. ¡Un esclavo que se convierte en estudiante! No ha debido de ser fácil.
Parece que es bastante hablador. También parece sincero. Le devuelvo el saludo. Hubiera sido descortés no hacerlo.
–Yo soy Kong. No, no fue fácil. Ser esclavo es duro. Y más cuando algunos estudiantes se sobrepasan y te hacen sufrir sin motivo. Es difícil de olvidar– le respondo.
Lo hago en voz suficientemente alta. Que me oigan todos. Es una velada amenaza a los otros estudiantes. Con suerte, se comportarán un poco con los esclavos. Por si en el futuro son estudiantes. No hay muchos estudiantes aquí, pero es más que ninguno.
–Ya te digo. Algunos son unos cabrones. Los esclavos son presa fácil, pero también abusan de otros estudiantes. Ahora que acabo de subir a Alma, están los que se aprovechan de las peleas obligatorias para intimidar– dice él, en voz baja. Se ve deprimido.
Creo que teme que le oigan. No me extraña. Hay algunos grupos, o bandas, bastante rencorosos. Totalmente irrazonables. Solo por creer que habla de ellos, podrían ir a por él.
–¿Las peleas? Estamos organizando un encuentro para peleas, mensualmente. La mayoría son de alguna artesanía, pero si te quieres apuntar, no hay problema. Son amistosas. Para cumplir con la obligación. Se puede practicar si los dos quieren.
–¿¡De verdad!? ¿¡Cuándo!? ¿¡Dónde!?– pregunta emocionado.
Supongo que es una presa fácil. Alguien que acaba de subir sin casi experiencia de combate. A diferencia de mí, debe de llevar suficiente tiempo en la secta para estar obligado a hacerlos.
–Tenía que ser hoy. Pero con todo esto de los interrogatorios, se ha dejado para mañana. Si vas a la zona de combates mañana, nos verás. Estaremos casi toda la tarde– le informo.
–¡Allí estaré!– exclama entusiasmado –¿Puedo traer a un amigo?
Supongo que le he quitado un peso de encima. Bueno, fue idea de mis pervertidas.
–Mientras no cree problemas, es bienvenido– le aseguro.
Al fin y al cabo, me dijeron que invitara a quien quisiera. Siyu me ha caído bien. No creo que esté actuando. Aunque no puedo descartarlo del todo.
Rui y Ning escucharon decir algo a Dai Fen de pagar a estudiantes contra mí. Aunque parecía más bien un proyecto de futuro. Esto sería demasiado rápido. No es tan competente. Pero sí que voy a tener que ir aún con más cuidado. Si tengo la oportunidad, me desharé de él. Aunque no sé muy bien cómo. ¿Podría pagar a asesinos?
Sé que hay algunas organizaciones criminales. Pero no tengo contactos. Y es peligroso meterse en esos líos.
Tampoco tengo mucho tiempo para pensar en ello. Siyu habla sin parar. Está pensando en intentar meterse en alguna artesanía. O en alguna de las facciones. O simplemente habla por hablar.
–¿Podré preguntarles a los artesanos?– me pide.
–Solo ayudo a organizar los combates. El resto no es cosa mía
–¿Hay chicas?
–Sí.
–¿Me presentarías alguna?
–No. Hazlo tú mismo.
–Vaaaa, no seas así. Los rumores dicen que… Ah. Me toca.
Ufff. Salvado. Empezaba a dolerme la cabeza. Aunque también resulta refrescante. Lo prefiero a las miradas de odio o desdén. Aunque con moderación.
No tardan mucho en llamarme. Hay varios grupos haciendo las entrevistas. Me hacen sentarme en una silla. Hay cinco personas rodeándome. Me trae malos recuerdos. De cuando era esclavo y nos interrogaban. Aunque ahora no pueden intimidarme como antes. O golpearme con impunidad.
–Nombre– exige uno de ellos.
–Kong.
–¿Y el apellido?
Me lo quedo mirando unos segundos. Intento mostrar desdén. La idea era mostrarse agresivo. De esa forma, es más difícil que detecten si algo está mal.
–Sabes perfectamente quién soy. Seguro que está escrito en esa hoja. Era un esclavo no hace tanto. ¿De dónde quieres que saque un apellido?– respondo, intentando parecer irritado.
–¿Estuviste en la expedición de los de Génesis de hace seis meses?– sigue preguntando, ignorando mi actitud.
–¿Estaría aquí respondiendo preguntas estúpidas si no hubiera estado?– me burlo de él.
Enarca una ceja. Está en cuatro de Alma. Es el de más nivel aquí. Tose incómodo. No me importa mucho qué piense de mí. De hecho, que me muestre agresivo resulta bastante creíble. Este grupo en concreto me había interrogado unas cuantas veces. Golpeaban sin razón si no les gustaba algo. Siento desprecio hacia ellos.
–¿En qué grupo estabas?– sigue con las preguntas rutinarias.
–¿Cómo pretendes que lo sepa? Era un esclavo, iba a donde me decían– desdeño su pregunta.
–Pero conseguiste sobrevivir y volver solo. Aun cuando el grupo Pirita fue exterminado– interviene otro.
Etapa uno. Le gustaba quemar la piel de los esclavos con una especie de cigarro. Basura.
–¿Y? ¿Creé un grupo para eso? Si ya lo sabéis, ¿por qué no dejáis de hacerme perder el tiempo?– me encaro.
Resulta divertido. Incluso liberador. No me hace falta actuar. Me he dado cuenta de que tengo bastante odio dentro. Odio que entonces no podía mostrar. Ahora, puedo hacerlo. No pueden hacerme nada. Al menos, no directamente.
–¿Viste una cueva con una puerta?– vuelve a preguntar el primero, como si nada.
–¿Desde cuándo las cuevas tienen puerta? ¿Dónde te crees que estábamos?– me vuelvo a burlar.
–Yo creo que estás ocultando algo. ¿Por qué sino tienes esa actitud?– me acusa un tercero.
–Y yo creo que eres estúpido. ¿Acaso has olvidado que era un esclavo? ¿No eres capaz de ver lo más obvio? No me extraña que sigas en Génesis– me río de él.
Me ha salido del alma insultarle. A este le gustaba golpear. Con algo de ropa para no dejar huella. Y ni siquiera está en Alma.
Se levanta airado. Otros dos lo retienen. Si me hacen algo, podrían perder sus privilegios. Valdría la pena dejarme golpear solo por eso.
–¿¡Y qué tiene que ver que seas un esclavo!?– grita enfurismado, casi escupiendo.
Está fuera de sí. Sonrío burlonamente. Eso le irrita más. Es curioso. Lo estoy disfrutando. Es la primera vez que me encuentro en una situación así.
–De verdad que eres estúpido. Puede que hayáis interrogado a muchos esclavos y olvidéis sus caras. ¿Pero ni siquiera se te ha ocurrido la posibilidad? ¿De que uno de esos esclavos fuera yo? ¿De que me golpearas porque creías que te había mirado mal? ¿O de que el otro psicópata me quemara sin motivo? Pues bien, ahora te estoy mirando mal. ¿Qué piensas hacer?– lo provoco.
De golpe se queda quieto. Me mira sorprendido. Realmente ni se le había ocurrido. A ninguno de ellos. No sé si son arrogantes o simplemente estúpidos. Hay silencio. Incómodo para ellos, supongo.
–Sabéis… Quizás no os acordéis de mí, pero yo sí de vosotros. Todos los esclavos que pasan por vuestro abuso gratuito os recuerdan. Os recordarán. ¿Os podéis imaginar lo que pienso de vosotros? ¿Lo que os odio? ¿Lo que os desprecio? Haced las preguntas que tengáis que hacer y acabemos de una vez. Ver vuestras caras me da ganas de vomitar.
Bueno, quizás me esté pasando. Me estoy dejando llevar. Desahogándome. Aunque ver sus rostros no tiene precio.
–¿Qué sabes de un mapa? ¿O de un manual?– me vuelve a preguntar otra vez el primero, tras unos momentos de indecisión.
–¿No deberíamos insistir con la cueva?– sugiere uno de los que agarraban al tercero.
–Iba solo. Allí había muchas huellas. Así que es imposible que fuera él. Acabemos rápido. Ninguno quiere alargar esto– responde el primero, claramente incómodo.
Sin duda, es el más experimentado. Ha leído perfectamente la situación. Tampoco era tan difícil.
–Supongo que tienes razón. ¿Qué sabes de un mapa o un manual?
–Ya hubiera querido tener un buen mapa. Hubiera estado a punto de morir menos veces– me sigo burlando.
–¡No un mapa de la zona! ¡Un trozo de un mapa del acceso!– se exaspera.
–¿Y qué iba a hacer con un mapa roto? ¿Limpiarme el culo?
Aprieta los dientes. Respira hondo para calmarse. Me hubiera gustado que intentara pegarme. Si lo hacía suficientemente fuerte, tenía previsto dejarme ir. Golpear contra la pared. Es de madera bastante fina. Seguramente la rompería. Y armaría un buen espectáculo.
–Esto es una pérdida de tiempo. Puede irte– declara el primero, apretando los dientes.
Me levanto. Mientras lo hago, los miro a todos uno a uno. Me giro. Salgo por la puerta. Solo cuando me he alejado del edificio me permito respirar aliviado. Ha sido más divertido y liberador de lo que esperaba. Pero también estresante. Y he conseguido una pequeña pieza de información. El mapa es de un acceso. No sé a qué.
He conseguido escapar sin prácticamente responder a ninguna pregunta. Así he evitado que me pillaran en cualquier mentira. No soy bueno mintiendo. Al menos las chicas siempre me descubren.
El otro día, estuvimos un rato con un juego de cartas en el que hay que mentir. Lo trajeron las gemelas. No sé me dio muy bien. Solo Wan fue peor. Lang más o menos como yo. Fue deprimente. Bueno, a ellas les divirtió. A algunas.
—————
Lo mejor de todo es que he vuelto a tiempo. Le dije a Ken que no estaba seguro si estaría. Se ha alegrado bastante de encontrarme.
–¿Cómo ha ido?– me pregunta mientras me quita la ropa.
–Bien. Ha sido divertido hacerles perder los nervios a esa escoria– respondo.
Se detiene y me mira confundida. Sonrío. Se lo explico mientras le quito la túnica. Mientras juego con sus pechos.
–Ja, ja. Yo también quiero hacerlo. ¡Aaah!– dice, riéndose.
–Seguro que lo harás– la animo.
Le hago tragarse una píldora mientras se lo digo. Se la doy boca a boca. Se la introduzco con la lengua. Ella responde apasionada. Rodamos por la cama. De alguna forma, acabo yo debajo. Ella sonríe traviesa. Juega con miembro. Hace que se lo va a introducir. Lo deja resbalar en el último momento.
–Mala– la acuso.
–Tengo un buen maestro– contrataca.
Lo restriega un poco más en el exterior de su vagina. Gimiendo suavemente. Provocándome. Sonriéndome sensualmente. En una de ellas, empujo por sorpresa. Logro introducirme en ella.
–¡¡¡AAaaaaah!!! ¡No seas impaciente!– me reprocha.
Aunque no tarda en moverse arriba y abajo. Adelante y atrás. A veces dando círculos. A menudo inclinándose para besarme. A veces, solo para tentarme. Dejándome que me pierda en sus ojos marrones claro. Dejando a veces sus más que respetables pechos al alcance. O que acaricie su pelo rubio. Siempre permitiéndome mover en su interior.
No siempre podemos estar solos. A menudo viene con Lang y Liu. De lo que no me quejo en absoluto. Aunque quizás hace que estos momentos íntimos sean un poco más especiales. Disfrutar solo de ella. Estar yo todo para ella.
Lo peor es lo de siempre. El verla marchar. El no poder retenerla. Quedármela. Impedir que siga sufriendo. Es cierto que me aseguran que ahora están mucho mejor. Pero mucho mejor no significa que estén bien. Simplemente, que es un infierno más soportable.
Por desgracia, no hay nada que pueda hacer. No sin levantar sospechas. Y ponernos a todos en peligro. Por ahora.
Al menos, al final las chicas no me han castigado. Lo han cambiado por exigirme el mismo trato que a Lang.
–A Lang le hacía falta. Bien hecho– me ha susurrado Liang entre gemido y gemido.
Incluso me han dejado probar trozos de algunos de los dulces. Estaban deliciosos. Sin duda, hoy ha sido un buen día.
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