Diez días habían transcurrido desde la partida de Helda, diez, y aunque podía decir con total certeza que no la echaba de menos, poseía una peculiar y nada agradable sensación en su pecho, como si algo le hiciera falta.
—¿Dónde está Itkar? —preguntó nuevamente al sentir que el silencio le afectaba más que un ataque enemigo.
La mujer meneó la cabeza, el temor brillando en sus oscuros ojos. Sus manos temblorosas se retorcían mientras los dedos heridos se analizaban unos a otros, como si buscaran algo perdido. No pudo soportar la penetrante mirada del soberano, sabiendo que en cada sombra de sus ojos se escondía un peligro aterrador.
—Estoy cansando de estos juegos —dijo, envolviendo la estrecha habitación con una pizca de su brutal energía.
La mujer, presa del terror, se asfixió con el pesaroso aire.
—No lo sé —dijo con voz temblorosa y baja.
Orion apretó la mandíbula, visiblemente irritado. Aquella respuesta ya la había escuchado en más de una ocasión, y en cada una de ellas quiso poner fin a la vida de la muchacha, pero había algo en ella que le provocaba desistir.
—Hace poco vino a verme tu madre —dijo, venciendo la impulsividad de sus instintos asesinos. Tara le miró, aunque solo por un segundo, pues sentía que no podría aguantarle la aterradora mirada—, suplicó para que le permitiera verte, pero incurrió en un error imperdonable al hacerlo, y tuve que quitarle sus privilegios. Si gustas, puedo traerla ante ti y degollarla —Tara enmudeció, forzando a qué las lágrimas no salieran de su rostro por miedo a que aquello también le molestase al joven—, o, puedo darle a tus hermanos a mis cachorros —Señaló a los perros presentes a cada flanco de su cuerpo, ambos canes respondieron con gruñidos, eran animales muy inteligentes—, necesitan comer, pues están en crecimiento.
—Por favor, no —suplicó ella, con su frente apoyada sobre el suelo frío y áspero, puesto que sus rodillas ya encontraban tormento en la dureza de la tierra—, se lo ruego, Gran Señor, demuestre piedad. Máteme si así lo desea, úsese de mí como instrumento para sus más oscuros deseos, pero no toque a mi madre, ni a mis hermanos. Por los Sagrados, suplico clemencia...
La angustia y desesperación palpitaban en sus palabras, pero el hombre ante ella parecía no conmoverse. Sus ojos, tan fríos y apagados como una noche invernal, la contemplaban sin rastro de compasión.
—Solo busco a Itkar —declaró con voz apagada y grave, asemejándose al eco del viento sobre las heladas montañas—. Revela dónde se esconde, y encontraré en mí la benevolencia para perdonar la vida de tu madre y tus hermanos.
Tara experimentó el derrumbamiento de su ser, sucumbiendo ante el dolor y la tristeza, por el temor a la muerte y de aquellos a los que amaba. Ya había respondido con la verdad, desconocía por completo donde se encontraba Itkar, se había marchado de forma misteriosa unos pocos días después de llegar a la durda controlada por la familia Lettman. La había dejado sola en una situación atroz con aquella fría mujer, la había abandonado, y aunque le guardaba un gran cariño por ser su consanguíneo, si hubiera conocido su destino, habría declarado su paradero hace tiempo para salvar a su madre y sus hermanos pequeños.
—Te dejaré pensar —Se levantó de la silla de madera—, pero si en la próxima ocasión que nos encontremos continúas negándote a responder con la verdad, cumpliré con mi amenaza, estés viva o muerta. Castigo, Justicia.
Los perros siguieron a su amo al ser llamados, moviendo sus colas con mucho entusiasmo, al igual que Mujina y Alir, solo que estás no movieron la cola.
Orion abrió su interfaz, tocando la notificación que había llegado poco antes de entrar al cuarto donde tenía retenida a Tara. La investigación: Sala de investigación había culminado, una noticia que le mejoró el humor, pues sabía que los efectos de la construcción serían muy beneficiosos, tanto para él, como para su vahir, sin embargo, sabía que debía retrasar la construcción, al menos hasta que los trabajos de edificación del santuario, el cuartel del sindicato, y las tres nuevas barracas para esclavos terminaran, pues apresurar demasiado las cosas no llevaba a nada bueno.
Los cachorros, atraídos por las oscuras vibraciones que se filtraban en el pasillo, frenaron en seco, molestos ante la maliciosa mirada que alguien les clavaba en los lomos. Alir carcajeó, tentada a patearlos, pero se abstuvo por el respeto y devoción a su soberano.
—Trela D'icaya, sus perros son algo curiosos —dijo en deferencia, aunque los canes intuían la burla en sus palabras.
—Alir —dijo Mujina con severidad, enfadada porque su subalterna se permitiera tanta facilidad con el soberano de Tanyer.
Orion se detuvo, sonriendo al ver a los perros en posición de ataque.
—Curiosos no —dijo él—, poderosos. Caminen. —ordenó y los perros obedecieron, gruñendo por última vez a la mujer.
Alir mordió sus labios para evitar reír, pues, aunque de apariencia agresiva, los canes solo le inspiraban la ternura de un ser inferior.
—¿Conocen la raza: akros?
Alir se quedó de piedra al escuchar nombrar aquella estirpe. Mujina guardó mejor su sorpresa.
—Sí, Trela D'icaya —asintió la capitana.
—¿Qué saben de ella?
—Muy poco, Trela D'icaya —aceptó Mujina—, solo que fueron unas de las razas mascotas de los dioses humanos que lucharon en la guerra de las Tres Eras. Y que pertenecían al reducido grupo con el título de: bestias primigenias.
—Algo así también leí —asintió, complacido por el conocimiento de su subalterna—, bueno. —Se volvió a las mujeres con una expresión de triunfo y seriedad—. Justicia y Castigo pertenecen a esa raza, ambos son akros.
«Eso no es posible», pensaron ambas.
Mujina tragó saliva, negando con la cabeza por la nueva información, quería expresar sus pensamientos, pero no podía hacerlo sin sonar irrespetuosa, y no quería ni tenía intención de serlo, por lo que calló, ignorando la advertencia de sus antepasados sobre las antiguas razas mascotas de los humanos.
—Sé que los akros son enemigos de los islos —dijo al ver las conflictivas miradas de ambas mujeres—, de todas las razas de Tanyer por lo que sucedió en la antigüedad, pero ahora son mis perros, y quiero que los traten como tales.
—Sí, Trela D'icaya —dijeron al unísono.
Reconocían que las advertencias de sus antepasados eran importantes, pero los mandatos de su soberano lo eran más, por lo que, aunque les pidiera que se cortaran un brazo para darles de comer a los canes, ella y cada uno de los islos lo harían sin dudar.
—Bien —Regresó a la caminata—, porque pronto en verdad mostrarán lo que guarda la sangre Akros.
La bruma se enroscaba en caprichosas espirales alrededor de las almenas, como si buscara maneras de infiltrarse en la solidez ancestral de las piedras. Los amplios ventanales dejaban ingresar apenas unos retazos de luz mortecina.
El joven soberano de Tanyer, con la espalda recta y la mirada altiva, tenía sus manos reposando apaciblemente sobre los brazos labrados de su silla de madera. Cada respiro pausado y medida de sus ojos denotaban una firmeza que habría intimidado al más valiente de los guerreros, pero aquellos ahora a su merced eran personas comunes y corrientes, acuciadas por el temor ante un desdén súbito o una orden despiadada.
Era como un lobo rodeado de ovejas, y las ocho figuras a sus espaldas asemejaban guardianes del grotesco rebaño que la sala había acogido aquella jornada. El infante parecía estar a años luz de distancia del escenario que tenían lugar ante sus ojos, inmerso en algún sueño o pensamiento privado. Los dos cachorros, fieles escuderos de aquel joven señor, permanecían alerta, listos para actuar al menor de sus mandatos.
—Estos son algunos de los nuevos esclavos inconformes —dijo Astra con tono educado.
Orion asintió, su mirada solemne y su imponente postura provocó que se atreviera a articular palabra.
—Deben conocer la razón detrás de su llegada —les dijo a los forasteros. Astra se alejó un paso para evitar bloquear su visión—, y si no es así, déjenme aclararles. Todos ustedes fueron un intercambio por la vida de una mocosa petulante, fueron el sacrificio que su anterior ama aceptó, pero, desde que llegaron aquí, no ha pasado ni un día para que alguien me informe que se quejaron. Trabajan, los alimento, les doy refugio y los protejo, pero, dejen de trabajar y me serán inútiles. Y no quiero estorbos en mi vahir. Así que, les concedo la oportunidad de exponer sus pensamientos. Digan todo por lo que no quieren estar aquí.
Se hizo el silencio. Orion hizo una sonata al golpear con sus dedos el respaldo del asiento.
—No los castigaré, así que hablen. Es el momento para que expongan sus quejas. —Descansó su mirada sobre el único hombre que se había atrevido a mirarle directamente, mientras un fugitivo rayo de luz que atravesaba el claro impactó en sus poderosos y profundos ojos.
—Nuestras familias, señor —dijo un hombre maduro entre la multitud, nervioso y mirando al suelo.
—Habla en voz alta —ordenó.
—Me disculpo, señor —repuso con un volumen de voz más elevado, mientras jugaba con la tela de sus vestiduras con nerviosismo.
—Ocupa el término adecuado, esclavo —dijo Astra con voz de mando.
El hombre volvió a temblar de miedo, sus piernas advertían con perder la fuerza para soportar su peso, pero la imagen de sus dos dulces retoños y su afable mujer en su mente era la motivación necesaria para fortalecer su frágil mente.
—Amo, son nuestras familias, amo. Las extrañamos, tanto como ellas a nosotros, no nos pida olvidarlas, amo, porque sería imposible.
—¿Así que son sus familias? —inquirió, falsificando el interés por el dato ya conocido.
Algunos de los presentes asintieron.
—Sí, amo.
—¿A qué están dispuestos para volver a ver a sus familias?
La pregunta sorprendió a la mayoría, perdiendo por instantes la facultad de razonamiento.
—¿Amo?
—A todo, amo —dijo un muchacho con la marca del esclavo en su mejilla derecha—. A todo.
Orion desplazó su mirada en cada rostro de la sala, observándoles asentir, en concordanza con lo expresado por el joven esclavo, deteniéndose en un rostro en particular, perteneciente al único hombre que había soportado mirarle directamente.
—"La lealtad de un esclavo, es tan importante como la de un guerrero" —citó una frase ya acuñada por otro hombre—. Como dueño de estas tierras y de sus vidas, me ofreceré para hacer posible sus anhelos. No será inmediato, pero haré posible la llegada de sus familias a este, su nuevo hogar. Pero ustedes pagarán el precio de sus transportes con su trabajo y esfuerzo. Y no quiero volver a escuchar una sola queja.
El hombre maduro tragó saliva, tentado a doblegarse y besar los pies de su nuevo amo, no podía estar más feliz si ese sueño, de tener a su familia, se hiciera realidad, y en su corazón parecía ya serlo, pues su sonrisa era de honesta alegría.
—¿Puede prometerlo? —dijo uno de los hombres del rincón, con una sonrisa nerviosa plasmada en su rostro.
—Osado esclavo...
Orion levantó la mano, y Astra guardó silencio, rechinando los dientes y maldiciendo a lo bajo.
—No voy a prometerles nada, ya lo dije, son mis esclavos, mi propiedad. Será de ustedes la decisión de aceptar mis palabras y actuar con base en ellas, o, seguir efectuando las mismas cosas que han estado haciendo desde el primer día que pusieron los pies en mi vahir. Una u otra tendrá consecuencias, ya sean positivas, o fatales —Se colocó en pie, y bajo la orden directa del Ministro, cada esclavo en la sala se colocó de rodillas con la cabeza gacha—. Quiero a alguien vigilando al hombre de la cicatriz en el mentón —le ordenó a Astra con un tono que solo él pudo escuchar—, pero que nada le ocurra, presiento que esa maldita mujer quiere destruirme desde dentro, y tengo interés por el cómo.
—Sí, señor Barlok —dijo Astra con un tono respetuoso, aunque sin entender realmente los pensamientos de su soberano.
Salió de la sala en compañía de todo su séquito, los cachorros y el niño.
—¿Cree que el resto de esclavos escuche su amable propuesta, señor? —preguntó Fira.
—Eso espero, y si no, la conocerán luego del castigo.
Los islos, erguidos como de costumbre, no dejaban de observar a los dos perros negros, que acompañaban a su señor dando pasos cortos, pero rápidos. Mujina deshizo sus intenciones maliciosas de molestarlos con una sola mirada.
—Hagan algo estúpido, y yo misma los mato.
Jonsa tragó saliva, desde su "despertar" su actitud arrogante y problemática había ido en aumento, pero, incluso con todo ello, no era lo suficientemente idiota para hacer algo en contra de los mandatos de su Sicrela, ya que, al igual que toda su raza, era un individuo que respetaba la jerarquía.
*Has completado la tarea oculta: Limpiando el hogar*
*Has ganado doscientos puntos de prestigio*
*El trabajo: Gobernante ha subido de nivel*
Se detuvo ante la repentina notificación, y como uno, su séquito lo imitó, siendo Lork el único que no se había enterado de lo sucedido hasta tres pasos después, volviendo al lado del alto hombre con una expresión de fastidio.
«¿Qué habrá sucedido?», se cuestionó.
La intriga comenzó a comerle el cerebro, y la no respuesta a molestarlo, eran de esas pocas notificaciones que se disparaban por acto de alguien a ajeno a él, por lo que desconocía la causa, pero no por ello estaba menos feliz.
—Mujina, Alir, conmigo. El resto vuelvan a las construcciones para vigilar a los esclavos.
—Sí, Trela D'icaya —dijeron al unísono, para inmediatamente retirarse.
—¿Sucede algo, señor? —preguntó Fira al retomar el paso junto a su soberano.
Orion le miró, pero prefirió no responder.
—Quiero comer —dijo Lork.
—Ve a hacerlo. —Le permitió, pero su atención estuvo concentrada en su interfaz, sobre todo en la mejora del rango de su trabajo: Gobernante, y, aunque a decir verdad no fue demasiado, el poco incremento en los porcentajes hacía más fácil el progreso en su vahir, pues la suma de pocos, hacía una cuantiosa cantidad.
|Gobernante -Señor- Nivel alto|
El cielo te ha bendecido con la oportunidad de darle un nuevo amanecer a tu gente.
-Aumento del 10% en la velocidad del estudio de tecnologías.
-Aumento del 10% en la velocidad de construcción.
-Aumento del 10% en la velocidad de crecimiento de todos tus cultivos.
-Tienes 9% de probabilidad de reclutar a un héroe.
-Tus tropas gozarán de un aumento en su nivel cuando estés cerca.
-Hay una menor probabilidad de insubordinación.
-Los títulos que les otorgues a tus súbditos tendrán una mejora en sus estadísticas y atributos. (Hay títulos que no pueden duplicarse).
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