El recinto estaba decorado por mantas con diversos emblemas de casas extrañas, bordadas de oro sobre telas rojas y negras. La superficie estaba compuesta por un material parecido al mármol, oscuro, pero reluciente, con una alfombra negra que daba directo a los escalones del otro extremo, donde encima de ellos se encontraba un trono grande, imponente y hecho de materiales tanto exquisitos, como aterradores.
No supo que hacer, las miradas de la centena de soldados fantasmales lo dejó helado, pero lo que en verdad le provocó un terror inimaginable, fue la fría mirada del sujeto sentado en aquel trono negro, con una postura desinteresada y tiránica. No tenía palabras para describir lo que ahora estaba sintiendo, hace mucho había sentido el miedo, la desesperación, el terror, pero sabía que lo que ahora experimentaba eran aquellas emociones fusionadas y potenciadas por cien. Bastaba con decir que tenía la piel de gallina, con la espalda empapada en sudor y, con sus piernas temblando. Rápidamente recurrió a sus habilidades de refuerzo de ánimo, todas ellas, no le importaba si algunas provocaban desventajas, ya no deseaba sentirse así, ya que era un sentimiento horrible.
El individuo sentado en el trono movió su mano lentamente, como si en verdad no le importara la vida de la persona en el umbral de la puerta. La centena de siluetas inmediatamente tomaron formación, volviéndose tangibles junto con sus armas y armaduras. Golpearon el suelo con sus pies, haciéndolo retumbar y, con una sincronización casi perfecta se arrodillaron justo en frente de los tres escalones que daban al trono. El sujeto pareció susurrar algo en un idioma desconocido, pero su par de palabras fue suficiente para hacer que sus fieles subordinados gritaran de júbilo, repletos de excitación por lo que se aproximaba.
Rápidamente extrajo una espada larga de su inventario, no era su arma definitiva, pero para experimentar sus primeras pruebas sabía que serviría. Su corazón ya estaba más calmado, su respiración había regresado a la normalidad y, sus ojos habían recuperado su habitual brillo, entendiendo que estaba preparado para recabar información de sus nuevos enemigos.
Justo al dar un paso después de la línea que dividía la sala del trono del pasillo, una lanza negra voló en línea recta, impactándose en el cuerpo delgado del individuo de la espada, quién notó demasiado tarde el proyectil.
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Su segundo regreso fue más tormentoso que el anterior, ya que, aunque conocía las desventajas del esqueleto, le costó más trabajo deshacerse del mismo, teniendo que esperar un par de días para recuperarse por completo e ir a retar a los soldados del "rey" en la sala del trono. Pudo darse cuenta de que aquellos individuos no atacarían a menos que cruzará la línea que dividía su territorio con el pasillo, por lo que tenía tiempo para preparar su equipo. Se vistió con una armadura completa, casco con cuernos negros y una espada de hoja roja, ambos encantados con atributos mágicos.
Cruzó el umbral y, al igual que la anterior vez le lanzaron una lanza a una velocidad brutal. La esquivó con ligera dificultad, bloqueando con su espada el inmediato ataque a su flanco derecho, luego levantó el arma para intentar bloquear una vez más, pero antes de siquiera entender la situación, su cuerpo fue atravesado por decenas de armas filosas, falleciendo al instante.
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Cómo era costumbre no perdió el tiempo, intentó, intentó e intentó, muriendo de mil y una formas, había entendido la batalla hace ya bastante tiempo, pero el poder de pelea de aquellas siluetas era demasiado, si era franco, cada una de ellas representaba la fuerza de un jefe de los últimos pisos y, aunque había logrado deshacerse de algunos cuantos gracias a su espada, la cantidad abrumadora hizo que el final se repitiera una y otra vez. Ya había pasado por situaciones similares, teniendo que arriesgarse a sufrir física y mentalmente para aprender los patrones, debilidades y estrategias de sus enemigos, el solo hecho de no poder encontrar ni una mínima esperanza para acabar con el pequeño ejército lo hacía sentirse más allá de la frustración, era como si mirara el oscuro abismo y, poco a poco caminara hacia el.
Había visitado a sus amigos árboles al menos un par de decenas de veces en los últimos meses, ya fuera para pedir de sus frutos, o solo para evitar que su cordura se rompiera, pero aún después de escuchar sus consejos, sus estrategias fallaban, no comprendiendo lo que tenía que hacer. No fue hasta dos años después que hizo por experimentar su estrategia número... la verdad ya ni recordaba cuál era, pero sabía que era un número de tres dígitos.
Estaba la regla de que después de morir sus estadísticas recuperarían sus puntos originales de su primera vez en el laberinto, excepto por aquellas que habían sido elevadas gracias a sus habilidades milagrosas. La simpleza de la estrategia se basaba en nivelar los puntos de sus estadísticas a los que él creía que poseían los soldados del "rey", ya fuera matando criaturas, jefes de piso y demás, siempre evitando una herida mortal para no morir desangrado y empezar de nuevo y, aunque eso era algo realmente simple, no lo había pensado antes, ya fuera porque sus estadísticas sufrían una fuerte mejora al matar a la criatura gorda con el hacha, al igual que al asesinar al mago esqueleto en la sala de investigación, por lo que ahora fue a por todas, no teniendo reparó en convertirse hasta lo que ahora había pensado que era imposible: en un completo monstruo.
Llegó esperanzado a la sala del trono, equipado con una armadura de escamas y una espada larga, sus brazos estaban cubiertos por la sangre de las interminables bestias y criaturas que había matado, al igual que parte de su rostro, dándole una apariencia salvaje. Se lanzó a la batalla, destruyendo la primera línea de vanguardia con unos pocos cortes, sin siquiera ocupar una habilidad. Sonrió, estaba extasiado, se sentía invencible y, después de exterminar hasta el último soldado fantasmal su sentimiento no disminuyó, no fue hasta sentir el ligero toque de una montaña que su mente regresó a la realidad, viendo a aquello que inesperadamente y por primera vez lo había matado: el sujeto que antes había estado sentado en el trono.
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Su táctica no cambió, mejoró sus estadísticas y atacó a los soldados del "rey", algunas veces logrando matarlos en un tiempo corto, otras veces en un tiempo largo, teniendo que ocupar pócimas o las frutas doradas de sus amigos árboles, pero fuera como fuese, solo necesitaba del toque de esa horrible criatura para que su cuerpo perdiera por completo el control y muriera. Las primeras veces sintió lógico que fuera tan poderoso, después de todo había pasado por un tormento para lograr matar a sus subordinados, sin embargo, aún después de una década de intentos fallidos en su contra, lo dejó con un mal sentimiento, sintiendo que no valía la pena seguir peleando, que era mejor acostumbrarse a vivir dentro del laberinto y dejar de soñar con la posible salida. No fue hasta ese día que todo su panorama cambió.
Por primera vez en años el individuo de casco negro no lo mató al instante, lo dejó arrodillado frente a él sin expresión, sin sentimientos y, como un padre que mira a su hijo, se colocó de cuclillas y, justo antes de atravesar su pecho con su puño, dijo, acompañada de una risa siniestra.
--Con fuerza no podrás derrotarme.
Su cuerpo cayó al suelo, manchando la hermosa superficie oscura con su sangre. En su rostro el desconcierto y la sorpresa estaba dibujado, por primera vez después de los casi dos siglos y medio dentro del laberinto, una criatura había hablado su idioma.
Su confusión no disminuyó aún después de pasar días meditando las palabras de ese enigmático personaje, sintiendo que en su arrogancia se ocultaba la pista necesaria para derrotarlo. Conversó con sus amigos árboles, en espera de una respuesta, pero todo lo que consiguió fue una historia de edades perdidas, con enseñanzas difíciles de descifrar, por lo que, entendiendo que la mejor respuesta sería dada al filo de una espada, volvió a enfrentarse a ese "rey" en la sala del trono.
--Dime --Levantó la mirada-- ¿Quién eres? ¿O quién soy yo?
--¿Quién soy? --Acercó su mano al cuello del individuo arrodillado, levantándolo a medio metro del suelo--. Jaja, te has vuelto arrogante. Pero no has entendido que para mí solo eres una mota de polvo, un pequeño animal que se retuerce en agonía, esperando que alguien le brinde su ansiado final.
--Si no soy nada --Dijo con dificultad--... Entonces ¿Por qué hablarme?
--Exceso de aburrimiento. --Sus ojos resplandecieron con frialdad al apretar sin fuerza su puño, rompiendo la garganta de su cautivo.
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La historia se volvía a repetir, muerte y solo muerte era lo que le esperaba al enfrentar aquel ser tiránico. No entendía como siendo el más fuerte, podía ser tan débil, lo intentó de todo, con equipamiento defensivo u ofensivo, atacando a distancia, en un uno contra uno, o acechando desde las sombras, pero nada cambiaba. Poco a poco se dio cuenta de que la fuerza con la que regresaba de la muerte era menor, comprendiendo mucho tiempo después que la criatura en aquella sala pulcra se alimentaba de su energía vital y, por eso mismo jugaba con su mente, forzándolo a regresar una vez.
--He estado en este lugar toda mi vida, no sé porque busco una salida --Observó el eterno abismo al lado del puente que daba al castillo--. Tal vez el sendero que he caminado durante años ha llegado a su fin. Tal vez nunca hubo algo más allá y, solo soy la ilusión de algo o alguien que desea ver cómo me torturo pensado que podré escapar --Dio un paso al frente--. Puede ser que este sea mi final --Caminó un paso más hacia el frente-- y, la fuerza con la que me identificaba, solo haya sido una mentira --Su pie derecho avanzó, encontrándose con el vacío--. Porque talvez y solo talvez, no soy tan fuerte...
Justo en el instante en que inclinaba su cuerpo para lanzarse al profundo abismo, sus ojos se abrieron, recuperando el brillo de la vida. Rápidamente se lanzó hacia atrás, cayendo de nalgas.
--Hasta ahora he peleado con una venda en los ojos --Sonrió tontamente--, jaja, en verdad que he sido ciego.
Activó el punto seguro cercano al territorio de sus amigos árboles, apareciendo inmediatamente ahí. Poseía una gran sonrisa, una que ocultaba un sinnúmero de emociones. Vistió un conjunto cómodo y normal, sin equipamiento extra que pudiera expresarse como un acto bélico.
Llegó, abrazando inmediatamente el tronco del árbol mayor, las lágrimas cayeron sin detenerse, se sentía como un niño, desprotegido en un mundo caótico. Las ramas comenzaron a moverse, el tranquilo viento tiró algunas hojas y, en ese movimiento plácido, una pequeña ramita se posó en su hombro derecho. No abrió los ojos, entendía el sentimiento de sus amigos con el silencio.
--Lo he comprendido.
Fue lo único que pudo expresar con palabras. Chocó su frente con el tronco, manteniéndola ahí por un extenso rato. La armonía invadió su corazón y su interior, un sentimiento que apreciaba y, agradecía que sus buenos amigos fueran tan cordiales como para obsequiárselo. Después de horas de silencio se acostó en la suave tierra, donde durmió como un bebé.
Pasó días meditando por el consejo de esos sabios seres y, recuperando a un ritmo muy lento la fortaleza mental que hace mucho había perdido. Su cordura fracturada no sanaría tan fácilmente y, lo había aceptado, no sabía quién era, pero el propósito que lo había mantenido cuerdo no había cambiado, saldría del laberinto a como diera lugar, lo había prometido y, no quería decepcionar a sus únicos amigos.
Los días se convirtieron en semanas y, las semanas en meses, logrando en ese tiempo algo que no había logrado en los últimos dos siglos: un avance positivo en su persona. Estaba feliz, dichoso, pero al mismo tiempo triste, había obtenido la posible respuesta para hacer frente al "rey", pero ahora que estaba tan cerca, no sabía si podía hacerlo.
--Entiendo --Una lágrima resbaló por su mejilla--, el momento ha llegado, he de despedirme --Tocó con su palma el duro tronco--. Los amo, amigos, en verdad los amo y, agradezco todo lo que hicieron por mí --Alzó la mirada para observar las ramas, respirando con profundidad--. Si todo sale bien, este es el adiós y, si no es así... nos vemos en cien años. --Quitó su palma, tragando saliva y, dando media vuelta para retirarse.
Justo cuando se preparaba para desaparecer, sonó un fuerte ruido, provocando que volteara ligeramente alarmado, pero para su sorpresa, lo que había causado el estruendoso sonido había sido una pequeña rama dorada, se acercó, podía darse cuenta por el cráter en el suelo que era sumamente pesada, aun cuando era tan pequeña como su brazo, pero al intentar levantarla se percató que su peso era completamente opuesto a lo que él pensaba, teniendo el mismo peso de una hoja diminuta. Sonrió con tristeza al ver la descripción de la rama dorada, mientras temblaba con un sentimiento tan poderoso que no podía describir, al paso de los segundos la hermosa arboleda se fue marchitando, pintando los maravillosos y alegres verdes en cafés oscuros y melancólicos.
--Solo una oportunidad, les juró que no los decepcionaré. --Su corazón comenzó a hervir de motivación. Guardó su nueva adquisición y desapareció.
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